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La verdad sobre Chávez
Por Alberto Mansueti

Mucha gente se confunde en Venezuela, y no me extraña que haya confusión aún mayor en el exterior. Vivo en este país desde hace casi 30 años; y veo la realidad tal y como es -muy parecida al resto de América-, porque gracias a Dios no tengo anteojeras democráticas ni otras similares. El problema de Venezuela no es Chávez; ni la falta de democracia. Aquí sobra democracia; y por eso mismo Chávez gana cuanta elección o plebiscito haya. (Y van 5 en menos de 4 años).

Chávez es apenas un síntoma del problema, que es la plebe. Distinta del pueblo. El pueblo vive de su trabajo. La plebe vive o aspira a vivir del trabajo ajeno (del latín “plebs” distinto a “populus”; los romanos ya la conocían, esto no nada nuevo.) El pueblo es trabajador; la plebe, predatoria.

El problema es la plebe  

La plebe puede ser cruel y feroz, pero mentalmente es retardada, y muy ingenua: creyó la promesa de “almuerzo gratis”, repetida por la democracia desde 1958. Y ya se impacientó de esperar. Algunos de ellos toman una pistola y salen a robar por sí mismos. Otros, más cobardes e hipócritas, reclaman que el Estado robe por ellos. No creen en el mandato bíblico de ganar el pan con el sudor de la frente. Creen que todo contribuyente de impuestos -incluidos los impuestos disfrazados-, debe pagar por lo que se les dijo son  sus “derechos humanos” a la “salud y educación”, vivienda, jubilación, empleo “garantizado” con “sueldo digno”, etc. Y creen que la democracia es el medio para lograr todo lo que desean -y envidian-; y no el trabajo, el ahorro y la inversión, en una economía libre.

La amarga verdad sobre Chávez -que ningún demócrata de este u otro país se atreve a reconocer-, es que Chávez no creó a la plebe; ella es criatura exclusiva de la democracia. Y Chávez es un hábil manipulador, es un “tribuno popular”, tal y como Fustel de Coulanges describió la figura en “La Cité Antique”. Si Chávez no hiciera su papel, otro lo haría. Desde 1958 la democracia no sólo le insufló el credo distribucionista a la masa, les “formó” también a sus cabecillas dirigentes, en las universidades marxistas (todas, empezando por la Católica). Chávez mismo es un producto de la democracia, porque las academicas militares no escaparon al adoctrinamiento marxista-leninista.

El jueves 11 de abril pasado los estatistas anti Chávez -civiles y militares- tomaron un par de cuarteles y el Palacio de Gobierno, mediante un golpe de mano (“de Estado” es mucho decir para tamaña bufonada); y a punta de pistola llevaron al tipo a una isla semidesierta, creyendo así resolver -o escapar- del problema. El 12, la plebe enfurecida tomó las calles, rompió vitrinas y saqueó los comercios, exigiendo perentoriamente la reposición de su líder. Los golpistas repentinamente se asustaron; y trajeron a Chávez de vuelta al día siguiente, sábado 13. Casi le piden disculpas. (Y él los ha tratado con bastante gentileza -hay que decirlo-, que ellos no agradecen; en Cuba u otro país no hubiesen contado el cuento).

Yo nací en Argentina, años después del 17 de Octubre de 1945, cuando la plebe recuperó a su Perón, también preso en esos días, en otra isla semidesierta. ¡A más de medio siglo vi en Venezuela idéntico episodio!

Libertad no es democracia

Pero a diferencia de la mayoría de los liberales, yo no confundo libertad con democracia. Son distintas; y casi incompatibles. Democracia es Gobierno mayoritario, y libertad es Gobierno limitado. Gobierno mayoritario lo hay en Venezuela; a diferencia del Chile de Pinochet, por ej. cuando los chilenos debieron suspender su democracia para rescatar su libertad, que comenzaron a perder otra vez, ya de nuevo democráticos. En casi todos los países hay actualmente democracia sin libertad; con la probable excepción de El Salvador, donde un partido de derecha (ARENA), con inteligencia y coraje distingue claramente la libertad -que no confunde con democracia-, y se identifica con ella.

Pero quizá la libertad ya no se recupere en nuestra América. Porque a todos los demócratas -incluyendo a los sedicentes liberales-, les ha dado ahora una altísima fiebre por la democracia, y ya deliran por la democracia directa: referendum, “participación” de la “sociedad civil” y otros disparates por el estilo. Y aborrecen de los partidos políticos, y de otras instituciones, que toman por “excrecencias” de la “democracia  representativa”. Pero sin un partido que nos represente, y que ponga sus límites a la democracia, los creadores de riqueza -y en consecuencia, los verdaderos liberales, sean o no concientes de ello-, no podemos quitarnos la tiranía mayoritaria que nos esclaviza y roba.

The fatal mistake

Conozco a los liberales de toda Latinoamérica; porque somos muy poquitos. Pero para nuestra causa, lo más lamentable no es la pequeñez del número, sino el despiste, la falta de claridad y coherencia, sacrificadas en el altar de lo que sea “políticamente correcto”. Lo fatal es que no entiendan que la libertad es indivisible, e inseparable de una visión realista y objetiva del mundo y la vida, de la persona individual y la sociedad, de la economía y la política, etc. Y que esa visión no puede descomponerse en compartimentos. Desafortunadamente la mayoría de esa minoría liberal –valga la expresión-, padece terribles confusiones conceptuales, algunas particularmente incapacitantes para la causa liberal:

1. Tener el liberalismo por compatible con cualquier sistema de creencias sobre el individuo, la mente y la realidad. Específicamente, con creencias filosófico-religiosas idealistas o materialistas radicales, agnósticas y escépticas, empiricistas o cartesianistas extremas, relativistas, panteístas, gnosticistas, o de otra forma contrarias al realismo metafísico y epistemológico, telón de fondo y marco propio del liberalismo. Por perderlo se empieza. En los ’60 y ‘70 este tipo de creencias se difundió en todo el mundo, afectando incluso al pequeño resto de economistas e intelectuales liberales que quedaba de la II Posguerra y sus “milagros económicos”. En Mayo del ’68 esta tendencia hizo clímax; y la causa de la libertad perdió. Mises -que estaba claro- ya no fue a las reuniones de la Sociedad Mont Pelerin.

Por aquí se empieza, pero no se termina. Si Ud. ha caído en el error de tener al liberalismo como compatible con cualquier cosmovisión (visión del mundo y de la vida), pronto caerá en otros, como ...

2.1. Predicar un estrecho liberalismo productivo, y tenerlo por compatible con cualquier creencia sobre la economía, el hombre y la sociedad. Creer que se puede ser libremercadista para la producción de los bienes y servicios llamados “económicos”; y a la vez estatista en cuanto a moneda. O ser liberal en economía y ser socialista en “educación y salud públicas”; o liberal económico y antiliberal en sociología y derecho (positivista), y/o en sicología (determinista).

2.2. Tener al liberalismo económico por compatible con cualquier creencia y sistema político; en particular la democracia. Por este trágico error, en Cuba y Venezuela -como antes en Nicaragua- todo estatista circunstancialmente opuesto al dictador de turno, cuenta con el apoyo de los amigos de la libertad.

Son errores que provienen de creer que el liberalismo es una doctrina referida al “reino” de lo económico exclusivamente, y que puede pegarse con cualquier otra doctrina, relativa a cualesquiera otros aspectos de la realidad. Si yo fuera un Friedrich Hayek escribiría un libro sobre esto; y lo titularía “The fatal mistake”.

¿Cómo se observa la incompatibilidad ?

Simple: los sistemas sociales han de ser coherentes, y una economía no dura libre mientras no lo sean la educación, la medicina, la religión, la política, etc. ... Y viceversa. Pero es que además, en el individuo mismo, tampoco dura eso que los sicólogos llaman “disonancia cognitiva”; las creencias de las personas deben ser no contradictorias para que puedan sostenerse. (Los filósofos realistas ya habían dicho que la realidad no se contradice, y por eso la mente sana aborrece la contradicción). Por eso mientras más pequeño y circunscrito sea el campo donde Ud. valoriza su libertad, tarde o temprano dejará de apreciarla. Si su confianza en la libertad se halla desintegrada y desconectada del resto de sus creencias, experimentará Ud. una disonancia -contradicción-, y deberá resolverla. Entonces Ud. eliminará la contradicción ... ¡de un modo u otro! Eso ha ocurrido a los poquitos liberales en Venezuela y América: los liberales inconsistentes han dejado de serlo, y sólo los liberales consistentes duramos liberales.

 ¿Y el problema de Venezuela? Como todo problema, el de la plebe se resolverá sólo cuando sea admitido y reconocido, como tal, y por consiguiente tratado con su remedio propio. ¿Cuál es esa curación ...? Un partido liberal, que vaya devolviendo al pueblo su conciencia de pueblo, y recuperando poco a poco también a la plebe. La solución al problema no es la pistola. Tampoco el voto. Es el realismo; es la razón. Pero mientras se siga en “negación” (con escapismos), la enfermedad de Venezuela sólo empeora. ¡Y cuidado: es contagiosa!

alberman@lasalida.org

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