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Libertad de Expresión
Por
Adalberto Rosas López
Las libertades de expresión y de información
asociadas a la profesión del periodismo
son piezas clave en el fortalecimiento de la vida democrática. Son derechos que le pertenecen
a toda la sociedad pero encuentran concreción en
el oficio de los trabajadores de la prensa. De ahí mi deseo y la pertinencia
de expresar aquí y ahora mi reconocimiento a todos los periodistas sonorenses.
Gracias a los periodistas se han conocido injusticias y
latrocinios de la más
diversa índole, y por obra de ellos el ciudadano puede contar con información
y tener elementos para formarse un criterio que le permita tomar
decisiones
adecuadas en la vida política y social. No ha sido fácil. Se requirió por mucho tiempo el temple férreo, el espíritu
libertario a toda prueba
y el amor a la verdad de muchos personajes que entregaron su existencia
a la pasión por la tarea informativa.
Ahí está el ejemplo de Francisco Zarco, en el Siglo
XIX, y don Julio Scherer, o don Jesús Corral, en el Siglo XX, cuyas labores han llenado sendas épocas de
lucha por el derecho
a informar y expresarse, dando voz a los diversos grupos sociales.
Y está el caso de muchos periodistas menos famosos y
publicaciones modestas
que
todos los días han dado la batalla por encontrar información que traspase
la superficie, que vaya más allá de cuanto los poderosos están dispuestos a
mostrar.
En tanto que el buen periodismo relata hechos, no
ficciones, los buenos
periodistas
siempre han sido incómodos para el poder autoritario. A ellos les debemos, entre otros
actores sociales, el derrumbe del autoritarismo que impidió
en gran medida hacer periodismo libre en México mediante el establecimiento de una relación
perversa de los medios con el gobierno.
En ese sentido, la caída del PRI es también un
triunfo de la prensa libre que
ha beneficiado incluso a quienes en su momento estuvieron en el bando
opuesto.
Si hemos avanzado como sociedad hacia un estado de cosas más plural
y
con un incipiente estado de derecho, por ejemplo en el plano electoral,
a
ello
contribuyeron significativamente los buenos periodistas quienes al señalar
los excesos del poder y al documentar la decadencia del sistema, muchas
veces a costa de su propia vida, generaron una agenda de información
alternativa
para que los ciudadanos pudiéramos fundamentar nuestros
juicios
con
independencia de los poderes económico y político.
Frente a la lucha de los periodistas y de la sociedad
por tener mejores medios
informativos, la tentación de la censura siempre ha estado presente
en
el gobierno y en los grupos más conservadores. Todavía hoy, en la pálida
alternancia
que estamos viviendo, cuando esos grupos mantienen sus posiciones
en el gobierno, no dudan en utilizar el poder mediático para enderezar
campañas en contra del poder legislativo, con el nada oculto fin de
preservar el presidencialismo que tantos privilegios económicos les ha
proporcionado.
Por eso, reivindico el papel que los medios están
llamados a desempeñar en
la
democracia. Siendo ésta una forma de gobierno en la cual los ciudadanos
deben
decidir, con su participación, las orientaciones generales de la política,
la democracia sólo tiene sentido y puede funcionar si los ciudadanos están informados
verazmente sobre los asuntos públicos. En la tempestad en la que pueden
llegar a convertirse las cuestiones políticas, el buen
periodismo, es decir el que se inspira en la ética y se apoya en la
veracidad
y el equilibrio informativo, en el que se muestran objetivamente los
hechos y su interpretación plural, es como el faro que guía a las naves ciudadanas
al puerto seguro de las definiciones que benefician a la mayoría.
Por otra parte, cada vez está más claro que el marco
legal en que se desenvuelven
los medios debe ser revisado, en el contexto de una reforma general del estado.
La Ley de Imprenta data de 1917 y fue puesta en vigor antes
de ser promulgada la Constitución General de la República; desde entonces
permanece intacta, como si la sociedad y la tecnología no hubieran avanzado.
La Ley de Radio y Televisión viene desde los sesenta, y la concentración
de estos medios y el abuso que no pocas veces se hace de ellos,
frente a lo cual las personas carecemos de garantías, así como el vertiginoso
progreso tecnológico en esta materia, hacen inaplazable su puesta
al día.
Por estas fechas, el Congreso de la Unión y la
Secretaría de Gobernación
han
impulsado foros para discutir esta problemática y hace unas semanas los
legisladores
aprobaron la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información
Pública Gubernamental, la cual representa un avance significativo en tanto
reconoce que la información generada por el gobierno federal
es propiedad de los ciudadanos y los funcionarios gubernamentales son
sólo sus depositarios. Es necesario decir que, una vez más, la ley
citada
llegó a feliz término no por la iniciativa gubernamental, la cual
en
su
primera versión era sumamente deficiente y estaba encaminada a la simulación,
sino por la conjunción de intereses de académicos, ciudadanos, medios y periodistas que
generaron e impulsaron su propia iniciativa.
A lo largo de la historia nacional, así como en esta y
en las batallas por venir,
la figura del periodista ha llegado a representar la conciencia crítica
de la sociedad, y una sociedad, como decía Octavio Paz, si deja de ser
autocrítica, se paraliza. Estoy seguro que los buenos periodistas nunca
darán
por concluida su tarea crítica ni dejarán de señalar los desafíos
que
enfrentan
la libertad de expresión y el derecho a la información, incluso
en
las
sociedades con regímenes democráticos consolidados.